Comienzan los fastos fúnebres por la muerte de Franco hace medio siglo, que, como tenía baraka y parte de su pueblo detrás, lo hizo en la cama.
Rodeado de tubos que nada pudieron remediar en un cuerpo cansado y reducido.
Lo que no consiguieron las balas moras, lo hizo el paso inmisericorde del tiempo.
A diferencia de los grandes intelectuales de la época, Ortega, Marañon y Pérez de Ayala, Franco que era un simple militar se echó España en sus menudos hombros y salvó a la República en 1934 cumpliendo la orden del ministro de la guerra Hidalgo, que vio con asombro como su país se desangraba por el norte, por una simple cuestión de escaños. ¿La CEDA? de ninguna manera.
Franco junto a dos íntimos colaboradores se reunió en el gabinete de transmisiones de Madrid y resolvió el problema enviando un Tabor de Regulares y dos Banderas de La Legión.
El reguero de sangre previo había sido indescriptible, incluyendo el asesinato de cientos de guardias civiles y sus familias en la cuenca minera asturiana.
España seguía en su desvarío histórico al que contribuyó una constitución de corte masónico y que el propio Ortega descalificó sin paliativos.
Los años previos al Alzamiento fueron tenebrosos con asesinatos, especialmente del clero regular y selectivos como el de Calvo Sotelo, perpetrado por la escolta personal de Indalecio Prieto dirigida por el capitán Condès a bordo de la camioneta 17 de la Dirección de Seguridad. El autor material, un rufián de apellido Cuenca .
Arrojaron el cadaver en Claudio Coello, curiosa y trágica coincidencia.
Gil Robles se salvó. No estaba en su casa en el momento de tan siniestra “saca”
Franco tuvo la hombría de bien de advertir al snob jefe de gobierno Casares Quiroga, de la situación límite que se estaba viviendo.
Quizá “Casaritos”, masón y hombre atildado, aquello le suponía un hastío infinito y siguió con sus cosas.
Ortega, Marañon y Pérez de Ayala fundaron de buena fe la Agrupación al Servicio de la República ( ASR), al poco tiempo huyeron despavoridos de Madrid porque el Frente Popular los tenía en sus listas de sangre.
Dos hijos de Ortega lucharon en las filas de Franco con las bendiciones de aquel.
Volvieron en los años 50 a España y no sufrieron la más mínima persecución por parte del general vencedor de la contienda.
Peor suerte tuvieron el hijo y el nieto de Emilia Pardo Bazán, asesinados por el Frente Popular.
Esto se silencia porque parte del juego consiste en asociar intelectualidad e izquierda.
Con Unamuno pasó algo semejante pero lo que se recuerda hasta la náusea es su polémica ( castrada) con Millán Astray.
Creo haber contado alguna vez como un conspicuo y decepcionado socialista me relataba su admiración cuando llegó al Congreso y vio con emoción a Pasionaria y Carrillo, incorporándose a la España nueva que abominaba de los “años de hierro”
Recordé las palabras de Pasionaria, certificadas por compañeros de escaño, dirigidas al eximio abogado del Estado, Calvo Sotelo, “este hombre ha hablado por última vez”.
Dije y repito: una visionaria.
Después de los más de cinco mil asesinatos en Paracuellos, Aravaca etc , Churchill no quiso estrechar la mano que le tendía el embajador de la República, al tiempo que le increpaba, “sangre, sangre, sangre”
Paso el tiempo, los cancilleres abrieron sus legaciones y Eisenhower, De Gaulle etc abrazaron a Franco, quien había detenido al comunismo internacional en el flanco sur de Europa.
La represión como en todas las guerras fue dramática, pero el noventa por ciento de los ejecutados lo fueron por delitos de sangre. Comités revolucionarios en los pueblos, despeñamientos en la serranía de Ronda, trenes de la muerte, chekas et.
Según el historiador Miguel Platón , Franco intervino en un número mínimo de las causas instruidas y en muchas de ellas para firmar indultos.
Todo aquello se fue olvidando, en parte porque los vencedores arrumbaron banderas y abrazaron la reconciliación.
Yo siempre pensé que se estaba edificando sobre arena y entregando relatos y victorias a los herederos de los que, de forma insensata o deliberada, iniciaron todo aquello.
Zapatero reabrió heridas y ahora asesora al gorila venezolano, cubierto de honores y oro.
Sánchez, epígono de aquel , lanza el cohete de unos fastos funerarios que, ni siquiera intelectuales de izquierda, comprenden ni aplauden.
Si quería muro, ahora lo ha aumentado un poco más, no sé si para su íntima satisfacción y permanencia o para una España que se nos va poco a poco por el sumidero de una historia ya vivida.
Felipe García Casal . Militar y escritor.