Fernando Vizcaino Casas fue un valenciano inteligente, agudo y gran escritor. Tuvo la mala suerte de proceder de la derecha ideologica y de haber luchado en el bando nacional.
Tenía además la habilidad de escribir con sorna y un sentido del humor que solo estaban reservados para los llamados intelectuales de izquierda.
No se concebia un escritor “de derechas” sin complejo de culpa y haciendo gala de buen humor y menos aun señalando los males de una sociedad que ya se consideraba a sí misma perfecta o en vías de perfección.
Su obra “Las autonosuyas” tuvo semejante éxito que incluso un productor la llevó a la pantalla jugándose la admonición artística y su propio dinero.
El éxito fue rotundo porque todavía quedaba gente que no leía “El País” y a la que preocupaba aquella eclosión de supuestos libertos que recorría las calles de España pidiendo poco menos que la desmembración y recuperación de unos derechos que según aquellos jaraneros de pancarta y banderas por millares, les habían sido sustraídos durante el franquismo.
Vizcaíno fue un observador atento e hizo una prospección certera y además con un sentido fino del humor, como el grosor del bigote que adornaba su rostro levantino.
Nuestras Cortes, nuestra Cámara Alta en concreto, cuentan con traductores que le dicen a un gallego lo que expone un madrileño y a un maketo de Ciudad Real afincado en Galdácano lo que cuenta un señor o señora de Cuenca.
Así trataron los políticos de exorcizar los afanes unitarios de una España, que consideran un concepto “complejo” una nación de naciones o una futura confederación de pueblos ibéricos.
Y los traductores hicieron su agosto y aseguraron su futuro y todos contentos y “las libertades” preservadas de afanes de gentes de mente estrecha, cuando no facciosos.
Pero ayer caímos en la cuenta de que faltaba un traductor imprescindible que no es otro que el que domina y traduce el método Ollendorf.
Ese método antiguo de aprendizaje de idiomas era muy curioso y hasta simpático.
Un personaje preguntaba en ingles, por ejemplo, dónde estaba una calle y otro personaje en perfecto ingles le contestaba que su abuela estaba aquejada de reuma.
El método Ollendorf, todo un clásico.
Ayer el presidente tiró del mencionado método y todos tan contentos porque para eso están los medios de desinformación sincronizados, para contarnos que Feijóo había perdido un combate al que no concurrió.
Los analistas, incluso los bienintencionados, deben plantear otros medios de lucha política. La gente radical de las izquierdas está convencida de que la verdad, la justicia social y la paz del mundo son patrimonio exclusivo de sus postulados y admiten errores pero son sistémicos y no de una ideología caduca y que empieza a desmoronarse lenta pero creo que inexorablemente.
Algunos, los moralmente deficitarios, ya olisquean el fin de sus momios y luchan, no ya por su país sino por su propio devenir que a algunos puede suponer las rejas.
Si es que alguna vez les preocupo el bien común más allá de la propia economía garbancera, de lechugas, soles y demás eufemismos vergonzosos.
Me temo que después de lo de ayer van a incorporar al Senado a un lingüista especialista en Ollendorf.
Será por falta de sobres con lechugas.
Felipe Garcia Casal.