El fallo de la causa instruida a García Ortiz, por indeseado, por la aparente atonía de la izquierda ante el mismo, ha provocado algunos mensajes ciertamente preocupantes.
Hay analistas o periodistas o activistas del micrófono o de la pluma subvencionada que hablan de “golpe blando”.
Otros, en una pirueta inverosímil, hacen coincidir la fecha de la sentencia con la muerte de Franco y el asesinato de José Antonio. Como si fuera un toque de rebato cabalístico para lograr no sé qué.
Y es que, desde que Alfonso Guerra proclamara la muerte de Montesquieu, esos “otros” se mesan los cabellos si algún poder, en este caso, judicial, contraviene los intereses del gobierno, siempre que sea ostentado ( o detentado, por mor de la espuria aritmética parlamentaria), por los suyos.
Las reacciones han sido intemperantes y en ese macromundo virtual, las redes, en las que se vierten bilis, desconocimiento histórico y faltas de ortografía mental, se libran batallas más allá de las “justas” mañaneras de las tertulias televisivas.
Hasta el rey, en un conmovedor y conciliador gesto, nos exhorta a la mesura y al diálogo, lo cual está muy bien.
Zapatero hizo mucho daño con su maquiavélica ley y Sánchez ha hecho continuismo levantando de nuevo un muro entre españoles.
El primero está un tanto desaparecido porque la sombra de Trump es alargada.
Hable con ellos majestad y por cierto, gracias por defender la música militar ( en su contexto) ante el que presumo, un exabrupto de ese gacetillero ya mayor, Miguel Ángel Aguilar, al que se le ve mucho por el Congreso saludando sin mucho éxito a los políticos.
Sic transit gloria mundi.
Ya sé que el rojerío patrio , los melómanos y los progres suelen considerar oxímoron la música e inteligencia militares.
Contra eso no se puede luchar.
Y recuerdo, por comparación quizá no demasiado afortunada, el caso de los asesinatos del que fuera Fiscal General de la República, Valentín Gamazo, y tres de sus hijos, que osó pedir para Largo Caballero la pena de 30 años de reclusión por incitar a la rebelión que había de concluir con la muerte de dos mil personas.
Rebelión que sofocó por cierto, Franco.
El Supremo de entonces, por pánico cerval a los milicianos, anuló la sentencia y Valentín Gamazo dimitió, retirándose con su mujer Narcisa Fernández Navarro de los Paños a Rubielos ( Cuenca )
Fue detenido por unas bestias que torturaron a tres de sus hijos y a él mismo.
Los asesinaron de menor a mayor para sufrimiento añadido al padre
El mayor rechazo intelectual de la Revolución de 1934, quizá haya sido el de Salvador de Madariaga quien negó toda legitimidad que pudiera alumbrar cualquier régimen futuro edificado sobre aquellas atrocidades alentadas en su origen por Largo Caballero, que todavía ostenta placa en Madrid y por Prieto, admirado por algún político “ huido” del PSOE y por cierto, galardonado ayer.
En aquella Revolución asesinaron a varias decenas de sacerdotes (los números oscilan) y al igual que durante la guerra que sobrevendría “ Seize mille martyrs et pas une apostasie” según dejó escrito Paul Claudel.
Dos fiscales, dos circunstancias históricas y un olvido real para nuestros padres y abuelos que no hicieron la Transición pero que aseguraron la paz y la prosperidad dando su vida para ello.
Hasta que no se cuente la verdad como fue y se hable con respeto de aquello, ya se pueden meter la Transacción ( sic ) por donde la espalda pierde su casto nombre.
Un apunte final, Federico Jiménez Losantos, que no es santo de mi devoción, pero que es muy culto, valiente e imaginativo ha dicho del presidente de la Conferencia Episcopal “el monaguillo nos ha salido golfo”
Quizá Paul Claudel, viendo la defección ante el Valle de los Caídos, hubiera dicho lo mismo que Federico.
Y es que no aprenden
Felipe García Casal