Aquel viejito de mis trece años. Otro cuento de Navidad.

Me subo al furgón de cola de los cuentos de Navidad. Es la hora de comer, de almorzar dicen algunos. He salido de casa, he hablado con un embajador que frecuenta mi café de siempre, he asistido a la misa oficiada por un dominico con bastón y me estoy tomando un vino que me sabe a gloria.

Nada de particular y ustedes dispensen.

Para ir a la iglesia he pasado entre dos viejos caserones, uno particular y otrora habitado por gente de letras y gobierno y el otro la vieja Capitanía General, allá donde el pueblo gallego se sublevó contra el invasor francés.

Cuando tenía trece o catorce años y el amor asomaba su cabecita feliz , iba a mi casa temprano, serían las ocho y noche cerrada. Nochebuena.

El primero de los caserones con un poyete pequeño que tendrá su explicación arquitectónica que yo no alcanzo a comprender.

En el poyete estaba sentado un mendigo que a mí me pareció mayor, eterno, y que en sus manos sostenía una lata de aquellas de sardinas, grandes, arracimadas.

No era un cuadro de Dickens, era un mendigo español, posiblemente gallego y que hubiera podido inspirar a Valle y su Max Estrella.

Soportaba la humedad y el frío con un abrigo largo a modo de capote militar de aquellos de posguerra y de División Azul.

Lo miré sin mirar, no quería humillarlo ni con la mirada y él siguió a lo suyo, esperando no sé qué . Quizá la muerte en soledad.

Aquel poyete y el viejo, me hicieron comprender, más que mil homilías de maristas y dominicos, que yo tenía sentido social y que creía en Dios.

He soportado cánticos de adolescentes guitarra en mano, actuaciones corales en viejas y sobrecogedoras Iglesias salesianas, curas con boina y metralleta en las maniguas y otros enarbolando la Teología de la Liberación, haciendo un sofrito de Jesús y Marx.

También de mitrados y purpurados, más funcionarios de relumbrón que sacerdotes.

“De jícaras y mojicones” escribí al respecto hace años.

Perdí sin querer la fe, la recuperé o me fue recuperada y hoy camino de la verdad eterna, sea la que fuere, disfruto con mis nietos cambiando de sitio a los pastores, oyendo mis villancicos de siempre y acordándome del viejito solitario, frío y resignado a una muerte, que como dije, parecía inminente.

He leído algo sobre la “cultura woke”, que es la porquería anticristiana de siempre, que muta cada poco. Ahora con el nombre.

Les va a costar trabajo arrumbar nuestras costumbres, no por “ capillitas”, es que los españoles, sobre todo los jovenes, se revuelven cuando se les obliga a asistir a tediosos y amenazadores ejercicios espirituales o se les prohíbe, por contra, hablar de Dios.

Y además Cristo, a veces un poco distraído, nos dejó dicho: “Non praevalerunt”.

Amigos si este epílogo navideño y posiblemente anual, les parece triste, que lo es, les aconsejo que lean la columna de Ussia de hoy en “El Debate”. Se van a reír.

Feliz Navidad ( a pesar de Von der Brujen ).

Felipe García Casal. Coronel de Infantería ( R ).

O

4 comentarios sobre “Aquel viejito de mis trece años. Otro cuento de Navidad.

  1. Siempre vi la Navidad como 2 sentimientos antagónicos: el triste por por la lejanía de personas queridas, y el alegre por los besos y abrazos a las cercanas. Habitualmente, triunfa el segundo. Será por ese Nacimiento.
    Un lejano abrazo y Feliz Navidad.

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