El argentino agradecido.

Hoy ha caído Pamplona. Transcribo el artículo que escribí hace años y publiqué en un periódico regional.

Era San Sebastián, Donosti y Nafarroa. Iparralde y Hegoalde….qué más da.

Hoy D. Julián ha abierto las puertas de la ignominia y la sangre emulsionada a golpe de goma2, ha sido violentada una vez más.

Esta es la historia y no una aritmética municipal malavenida a la que han suturado con el escalpelo de la traición a los muertos.

Así escribí cuando había lucha, pero también esperanza.

Mezcla de música, melancolía y amistad…

“Estábamos tres amigos en un restoran de San Sebastián con todo lo necesario para hacer el entorno agradable y la cena prometedora. Hacía tiempo que no nos veíamos y teníamos como un deseo común de lograr la felicidad compartida a golpe de recuerdo. Como unas «buenas vibraciones» de nuestros hippyes hoy reconvertidos y reciciados por el inevitable y desmitificador paso del tiempo.

La cena, en petit comité, resultó tan agradable como habiamos supuesto, en parte por la hosca delicadeza del camarero, que respondía a primera vista al arquetipo que pintara recientemente Sánchez Drago, de gente hosca a fuer de tímida. Es posible.

Lo cierto es, que tanto el ambiente como el recuerdo de tiempos siempre mejores hicieron que brotara la nostalgia y con la nostalgia la canción. Mis amigos, juglares de lo urbano y sin sospechosas adscripciones políticas, tarareaban lenta, armoniosa y discretamente, ahora la nostálgica habanera, después el dulzón y evocador bolero para llegar, plenos de romanticismo y coñac a su majestad trasnochador, arrebalero y arrebatador tango.

Ya no eran solamente las aventuras compartidas, ni el recuerdo, de una bohemia que no lo fue tanto, ni el deseo de perpetuar una situación que sabiamos se acabaría al salir a la noche todavía apacible, de un San Sebastián incipientemente veraniego.

Era el gusto por la identificación en lo musical, como una reproducción a pequeña escala, tabernaria y sin impertinentes, del éxtasis musical de la Opera de Viena.

En dudoso lunfardo aprehendido hacía veinticinco años entre saltos de ebonita y lecciones de Física pasamos revista al barrio que tenía el alma inquieta de un gorrión sentimental y mi amigo, uno de ellos, levantando su copa y apretando con fuerza mi antebrazo me desveló que todo es mentira y que nada es verdad, al mismo tiempo que citaba a una Yira que se perdía en la noche de los tiempos.

Volvimos de nuevo al barrio en cuyos muros con mi acero yo grabé nombre que quiero…

En la mésa de al lado un hombre y una mujer nos miraban con mal disimulada insistencia hasta que al cabo de un rato después de haber «recorrido» las calles Corrientes y Caminito y hacer un alto que dedicamos de nuevo al recuerdo de lo vivido, el hombre se nos acercó y en el más puro y ortodoxo acento argentino nos explicó que estaba emocionado por habernos oido cantar tangos. Que naturalmente era de Buenos Aires, como su esposa y que venía a Urnieta en S. Sebastián a conocer sus orígenes. Y hablamos del lunfardo. Y de que en Madrid la gente «comme il faut» baila en los salones al compás de un bandoneon y que las sevillanas eran ya un recuerdo. Y preguntó si sabiamos qué significába que la Rita del viejo barrio fuera «paica». Y nos habló de Gardel y de Le Pera y de la política argentina y quiso invitarnos a compartir su mesa y nos dijo que era un remate feliz a un viaje feliz. Nos preguntó igualmente qué se pensaba en España de los argentinos y uno de nosotros le contestó buscando el distendimiento que el argentino era un español que parecía inglés, que admiraba lo francés y con apellido italiano, ante lo cual rió con ganas.

Y así transcurrió el resto de la noche hasta que nos despedimos henchidos de satisfacción y agradeciéndonos mutuamente la cordialidad.

El milagro, gracias al tango había sido realizado en un lugar donde todavía, cada vez menos gracias a Dios, hay quien mide perímetros craneales para deducir el grado de pureza racial.

Cuando salimos a la calle, pregunté si al cabo de veintinco años, también el Heavy Metal lograría el milagro. Mis amigos sonrieron”.

Felipe García Casal. Coronel de Infantería ( R )

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